
Desde una temprana edad, y gracias a mi profesora de literatura, han resonado en mi cabeza los versos de Antonio Machado; y mil veces imaginé el paseo entre San Polo y San Saturio, allí, esperándome, a la orilla del Duero, por donde traza su curva de ballesta.
Finalizando el paseo aparece ante nuestros ojos el ermitorio de San Saturio
Y por fin, allí nos encontramos, en una fría mañana otoñal, dejando el vehículo junto al antiguo monasterio templario de San Polo, actualmente de titularidad privada, y donde Gustavo Adolfo Bécquer situó su leyenda El Rayo de Luna.
Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás...
Dirigimos nuestros pasos hacia el ermitorio de San Saturio con la fiel compañía del caudaloso Duero a nuestra diestra, por el llamado paseo de Machado, que no es muy prolongado e invita a recorrerlo con pausada contemplación del paraje.
El templo se ubica sobre la cueva del eremita
El bulevar transcurre hasta el templo, feneciendo junto a la escalinata de acceso a la gruta, y donde descubrimos el santuario descolgándose por la ladera, como deseando aproximarse al cauce y así saciar su sed.
Desde la atalaya del roquedal divisamos el cauce del Duero
Al templo se accede por la parte inferior, que corresponde con la cueva donde habitó por el Siglo VI, según la tradición, el anacoreta visigodo Saturio y que, desde 1628 es Patrón de la ciudad, celebrándose su festividad cada dos de Octubre.
La entrada al Santuario se realiza desde la cueva donde habitó San Saturio
En la parte superior encontramos la capilla que curiosamente, posee la estructura octogonal arquetípica de la Orden del Temple, y donde avistamos frescos típicamente barrocos con pasajes de la vida del Santo así como de otros santos ermitaños. Por último y en el altar mayor, se ubican los restos de San Saturio junto a su relicario.
El relicario con el busto del Santo preside el altar mayor
Ya no nos queda mas que descender por la empinada escalinata que nos llevará de nuevo a la entrada de la oquedad y que nos servirá de inicio para nuestro paseo de vuelta, eso sí, junto a la inseparable compañía del curso del Duero, y los versos del maestro Machado que repiquetean en mi cabeza…
Contemplando la preciosista cúpula podemos observar su forma octogonal
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio:
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.
Una vez fuera del templo, descendemos por la empinada escalinata
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
El Duero, siempre el Duero como fiel compañero del paraje
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña;
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!